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LA TINTA DE LA MEMORIA

José Rodríguez Polvillo

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Se reproduce a continuación el artículo escrito por JRP y publicado en la página web de la Hermandad Sacramental de Santiago Apóstol sobre la recuperación para su Archivo de importante documetación histórica.

1900-1931: Tres décadas de litigio para recuperar los bienes expoliados a la Hermandad durante las desamortizaciones del siglo XIX 

Recientemente, y tras las gestiones realizadas con el Archivo Histórico Nacional, la Hermandad Sacramental de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta ha incorporado a sus fondos una importante documentación histórica sobre la desamortización de sus bienes en el siglo XIX.

Antes de entrar a fondo en explicar los pormenores de esta documentación recuperada, conviene detenerse, aunque sea brevemente, en reflejar en qué consistió el proceso desamortizador y cómo se articuló a nivel nacional. En la práctica, la desamortización consistió en la expropiación forzosa de numerosos bienes a sus legítimos propietarios, entre ellos el clero, las órdenes militares y las cofradías.

En realidad, existieron varias desamortizaciones, siendo las más importantes y significativas la de Mendizábal (1836) y la de Madoz (1855), aunque no fueron ni mucho menos las únicas. Por hacernos una idea, la Ley de Madoz indicaba en su artículo 1.4 que se declaraban “en estado de venta (…) todos los predios rústicos y urbanos; censos y foros pertenecientes a cofradías, obras pías y santuarios”. Y no sólo se expoliaba así a sus legítimos poseedores, sino que además se contemplaba también la venta de los bienes que las hermandades (entre otras instituciones) pudiesen recibir en el futuro por medio de nuevas donaciones (artículo 26).

Los promotores de las sucesivas legislaciones desamortizadoras trataban de presentarlas públicamente como intentos de modernizar el país mediante la puesta en venta de propiedades baldías y otras hasta entonces en “manos muertas”. Lo cierto es que en la práctica estas leyes no sirvieron para incrementar el número de pequeños propietarios, como se decía, sino para entregar las propiedades a manos de otros grandes propietarios diferentes, mayoritariamente aristócratas y burgueses, consolidando con ello a nivel nacional el régimen liberal-capitalista ya instaurado y promotor de las propias desamortizaciones, que se convertían así en un auténtico expolio perpetrado por el Estado contra propietarios legítimos.

Centrándonos en la documentación que se incorpora ahora a nuestro archivo histórico, hay que reseñar que se trata de un expediente completo instruido por la Dirección General de Propiedades y Derechos del Estado, dependiente del Ministerio de Hacienda, en el que la Hermandad reclama sus bienes expropiados.

La primera anotación recogida en el expediente tiene fecha de 24 de agosto de 1900 y se refiere a la instancia presentada ante la citada Dirección General por parte de Juan Becet y Mascarós como “apoderado de la Hermandad del Santísimo Sacramento establecida en la parroquia de Santiago de la villa de Castilleja de la Cuesta, Sevilla”, en la que solicita “el pronto despacho del expediente que dicha Hermandad tiene en tramitación en reclamación del capital y rentas de sus bienes de los cuales se incautó el Estado en virtud de las leyes desamortizadoras”.

Efectivamente, en el Acta Capitular del 8 de febrero anterior la Hermandad había aprobado “dar amplias facultades al hermano mayor D. Manuel Oliver Oyega para que en revocación de todo mandato anterior confiera poderes a favor de D. Juan Becet Mascarós vecino de Valencia en residencia accidental en Madrid al intento de que el apoderado en representación de esta Hermandad pueda hacer, practicar y formular ante las Direcciones Generales (…) cuantas peticiones oficiales y extraoficiales sean necesarias referente a las acciones, derechos e interés de la expresada corporación hasta conseguir el reconocimiento y cobro del capital, renta e intereses vencidos y no cobrados que se adeuda a dicha hermandad, en equivalencia a los bienes que la misma poseía y de los que se incautó el Estado en virtud de las leyes desamortizadoras”.

De todo ello cabe deducir que las gestiones de la Hermandad ante la Administración debieron iniciarse anteriormente a esta fecha de 1900, ya que la mencionada instancia tiene como objetivo reclamar celeridad en la resolución de una reclamación ya presentada previamente.

La mayor antigüedad del inicio de las gestiones se confirma en la relación que se expresa después de la documentación obrante en un expediente anterior (distinto del iniciado en 1900 a instancia de Juan Becet). Así, se cita un “poder e instancia del primer apoderado D. Carlos de Torres y Daza”, al parecer la persona que inició el proceso de reclamación en años anteriores ante la delegación de Hacienda en Sevilla, “solicitando que a tenor de lo dispuesto en la ley de 11 de julio de 1856 se indemnizase a dicha corporación del importe de sus bienes vendidos por el Estado”.

En esta relación de la documentación del primer expediente destacan dos anotaciones más: primero, una certificación de la Intervención haciendo constar que no figura pago alguno a la Hermandad hasta esa fecha por cuenta de sus rentas (por lo que seguía siendo legítima la reclamación en curso); y segundo, una relación “de los censos que pertenecieron a la Hermandad y de los cuales se incautó el Estado”. Este último documento sólo aparece citado en el expediente recuperado ahora, ya que se incluía en el otro expediente, el inicial, lo que no nos permite conocer de momento cuáles fueron, en concreto, los bienes de la Hermandad que fueron desamortizados.

A partir de aquí, el expediente se llena de farragosos trámites burocráticos que dilatan de manera continua la resolución de la reclamación, produciéndose en los años siguientes varias remisiones del expediente entre distintas instancias administrativas con el supuesto objetivo de completar la documentación.

Así, el 1 de septiembre de ese mismo año 1900 se remite el expediente a otra Dirección General, en este caso la de lo Contencioso del Estado, para que informe sobre si era o no suficiente la documentación presentada para justificar que Juan Becet era realmente apoderado de la Hermandad, toda vez que existía un poder anterior a favor de Carlos de Torres, que fue quien inició la reclamación a favor de la Hermandad. Como era de prever, el 25 de septiembre siguiente la Dirección General de lo Contencioso resuelve informar que el poder a favor de Juan Becet es suficiente para acreditarle como legítimo representante de la Hermandad en la reclamación.

Después de este trámite, el expediente vuelve a la Dirección General de Propiedades y Derechos del Estado, que a su vez acuerda (14 de diciembre de 1900) solicitar a la provincia que cumplimente diferentes informaciones, entre ellas que el Prelado de la Diócesis indique si la cofradía debe considerarse como institución laical o eclesiástica, que se amplíe la certificación que acredita que la Hermandad ha percibido o no cantidades por renta de sus bienes desde la desamortización, y que se determine la fecha exacta de la incautación. Nada menos que tres años (noviembre de 1903) tardará en recibirse el oficio del Prelado en el que se indicaba que la cofradía debía ser considerada una institución laical. Pese a esta enorme lentitud, tardaría más incluso en llegar una nueva certificación (abril de 1905) en la que se indicaba que "no se ha satisfecho cantidad alguna a la Hermandad", algo que, por otra parte, ya constaba documentalmente en el primero de los expedientes relativos a este asunto, al que se hace referencia al inicio de este segundo expediente.

El 21 de agosto de 1905, la Dirección de General de Contribuciones, Impuestos y Rentas determina remitir de nuevo la documentación a la Delegación Provincial de Hacienda ya que no se había determinado "con toda exactitud la fecha de incautación por el Estado de los bienes de la Hermandad ni dado vista de la liquidación al Prelado al objeto de que preste su conformidad o alegue lo que estime oportuno".

Llegados a este punto, el proceso entraría en un nuevo periodo (otro más) de profundo estancamiento. La administración seguía sin resolver la reclamación y el tiempo seguía pasando sin que la Hermandad obtuviese respuesta, ni positiva ni negativa.

Ocho años después de esta anotación de 1905 en el expediente, y sin que por parte del Ministerio se hubiera resuelto nada al respecto, en noviembre de 1913 el entonces hermano mayor, Manuel Sánchez Baito, presenta un nuevo escrito instando a que se resuelva el expediente de una vez por todas. Pretendía con ello reactivar el proceso, algo que la Hermandad había tenido que hacer, al menos, dos veces más anteriormente ante la incapacidad administrativa para dar una respuesta al asunto de manera definitiva.

En enero de 1914 se decide remitir la instancia de Sánchez Baito a la delegación de Hacienda en Sevilla por encontrarse allí el expediente, algo que, sin embargo, no serviría tampoco para acelerar el proceso lo más mínimo. Tanto fue así que dos años después (enero de 1916) sería el nuevo hermano mayor, José Perona Estrada, quien tuviese que solicitar al Negociado de Excepciones un certificado que justificase que dicha institución había remitido en 1905 a la delegación provincial de Hacienda el expediente en cuestión, ya que dicha documentación “desapareció en el incendio ocurrido en aquellas oficinas en julio de 1906”. La Hermandad formulaba dicha petición “con el fin de formular la necesaria reclamación para que se reconstituya dicho expediente”, con lo que un desafortunado incendio prácticamente nos devolvía al inicio del proceso después de tantos años de litigio.

El certificado para la Hermandad sería concedido en julio de 1916, pero el asunto de fondo volvería a caer en el sueño de los justos durante un buen puñado de años más. Así, la siguiente y última documentación obrante en el expediente es nada menos que de 1931. Habían pasado 15 años desde la anterior y más de 30 desde el inicio de todo el proceso.

Este último documento, con el que acaba el expediente, tiene fecha de 28 de febrero de 1931, y mediante el mismo la Dirección General de Propiedades y Contribución Territorial del Ministerio de Hacienda solicita a la delegación provincial de Sevilla “que se remita a la misma, debidamente ultimado, el expediente que ha debido instruirse, y poder en su día someterlo a la resolución de la Comisión Mixta creada por R.D. de 25 de julio de 1920”. Se cierra así, sin ninguna resolución ni positiva ni negativa, el expediente en cuestión. En abril de ese año 1931 se proclamaba la II República, que desde luego no parecía la época más propicia para seguir adelante con la reclamación debido a las disposiciones legales adoptadas por el nuevo régimen hacia las instituciones religiosas.

Más de treinta años después, aquel litigio por recuperar los bienes expoliados por el Estado a la Hermandad no lograría alcanzar su objetivo, quedando definitivamente aparcado. La enorme lentitud de la burocracia y hasta un incendio que destruyó los expedientes jugaron en contra de un proceso en el que, tratando de hacer valer su derecho, la corporación hizo lo indecible por recuperar lo que en justicia le correspondía.

José Rodríguez Polvillo
Archivero de la Hermandad Saramental de Santiago Apóstol

de Castilleja de la Cuesta
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En vísperas de Nochebuena, he tenido el honor de pronunciar el VII Pregón la Navidad de Gines, una de esas citas que, pese a realizarse desde hace relativamente poco tiempo, guarda la esencia de lo inmutable.


Mi gratitud infinita a la Hermandad Sacramental por depositar, una vez más, su confianza en mí y por ser siempre una de mis principales puertas abiertas a Gines.

Gracias muy especialmente a mi amigo Carmelo Camino, inmejorable presentador y pregonero del año pasado, por sus palabras de cariño en la antesala del pregón.

Y mil gracias a todos y cada uno de los que os acercasteis a la Parroquia de Nuestra Señora de Belén para compartir conmigo unos instantes de Navidad...

El pregón lleva por título 'LA LUZ ESPERADA' y podéis leerlo completo pinchando aquí.

O si lo preferís, podéis verlo a continuación en este vídeo grabado por los compañeros de Gines TV.


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Impresiones del primer camino 


No ha sido fácil, no. Pero nada que merezca la pena resulta sencillo. Nos lo habían dicho y casi no queríamos creerlo, porque nadie pone oídos a quien anuncia la dificultad, porque la costumbre nos lleva a pensar que lo insólito es, además, sinónimo de lo imposible.
Pero al Rocío de la polisemia le da igual el tiempo. Si no importan las horas para ver salir a la Señora, tampoco iba a hacerlo que un rosario de aguaceros llenase sus cuentas de caminos empapados, porque ¿qué es la lluvia, sino otra forma de Rocío?
Cada sendero que dejamos de recorrer, cada surco que transformó el polvo en barro para grabar mejor nuestra huella, cada escalón que no subimos, cada bautizo de fe que el río nos negó porque quiso llenar de Ti su caudal... Cada cosa que esperábamos y no llegó, destapaba, sin saberlo, el secreto de lo auténtico: que la ruta puede ser distinta si llega al mismo destino, y que, a veces, el camino que preferimos no es el que lleva al lugar adecuado.
Desde antes de partir, quise acercarme a Ti con una mirada pretendidamente nueva, como queriendo hacer míos tesoros que sólo se guardaban en recuerdos ajenos.
He visto al cielo jugar a favor, aunque creíamos que lo hacía en contra cuando salpicaba el sendero de nuevas pruebas a superar, lo mismo bajo una lluvia de incomodidades que tostando nuestra debilidad bajo un sol de justicia.
He visto un pueblo rezando en la penumbra en medio de la nada, una sola voz de cuerpos apenas trazados por una luz lejana que no alcanzaba siquiera para ver sus lágrimas.
He visto Verdad, mucha Verdad, la de las cosas que se hacen por sí mismas, no para ser vistas. Y todo, mientras buscaba el Amor Invicto de la Virgen.

Con mi agradecimiento más especial al grupo 'Amigos y Rocieros'.
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No recuerdo exactamente cuándo nos presentaron. Nadie recuerda la primera vez que vio a su padre. El inicio de nuestro encuentro se pierde en la memoria como lo hace el perfil de tu paso, apenas dibujado entre la nebulosa del incienso que anuncia tu llegada.

Quizá no recordar aquel primer atisbo pueda deberse a que, en realidad, nunca se produjo. Quizá no hubo un inicio porque… tampoco habrá un final, quizá mi mente se niegue a recordarlo para no poner a lo nuestro ni siquiera los límites de las horas.

Si la infancia es el tiempo sin tiempo, como decía el poeta, encontrarnos siendo yo un niño era, sin duda, la mejor manera de encontrarnos para siempre. Sin abrir los labios, me hablaban de ti a cada paso, en cada gesto… porque para contar las cosas importantes las palabras apenas alcanzan. Viendo a mi padre seguirte aceptando tu dictado como un nuevo José, sentí la necesidad, quizá la curiosidad, de conocerte mejor.

Y así fue como quise verte un día cualquiera, en el reposo silente de tu féretro. A través del cristal de los siglos, la mirada del niño se asomaba dejando ver, a la vez, una mezcla de zozobra y profundo respeto. Tu silueta inmóvil, recortada sobre el fondo de un duelo perpetuo, enseñaba a aquel pequeño asustadizo verdades que no llegaría a comprender hasta mucho después: un cuerpo desnudo para proclamar la banalidad de las riquezas de este mundo; las yagas de tu martirio para dar testimonio de que no hay vida sin cruz; unos ojos entreabiertos que anuncian la inminencia de Vida después de la muerte…

Eso fue lo que vi entonces, lo que veo ahora al mirar al Señor de mi niñez. Cada día me pregunto, sin embargo, qué ve Él cuando sus ojos reparan en mí...

Si contigo me derrumbo
es porque en ti hallo consuelo,
tan lejos estamos del cielo,
que de alcanzarlo sucumbo.

Cristo de los Remedios,
muéstranos el camino,
déjame verte siempre
con mirada de niño.


Colaboración de José Rodríguez Polvillo con "El Muñidor del Aljarafe" 2015, publicado por la web Pasión de Aljarafe 
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He cruzado hoy mi camino con el documental “Garbo, el espía”, que narra la sorprendente historia del español Juan Puyol García, agente doble durante la Segunda Guerra Mundial y el gran artífice, mediante su labor de engaño, del triunfo del decisivo Desembarco de Normandía y la posterior derrota nazi.

El audiovisual se subtitula con todo acierto “El hombre que salvó el mundo”, porque fue eso justamente lo que consiguió, en gran medida, una solo hombre, una circunstancia por cierto bastante desconocida por el gran público.

La historia demuestra que sus vaivenes, para bien o para mal, están impulsados a menudo por individuos concretos, que se convierten en los auténticos factores del cambio. Las masas, por el contrario, quedan relegadas las más de las veces a un papel secundario, cuando no absolutamente irrelevante.

Como bien decía Margaret Mead, “nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado”.
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En los muros de la vieja hacienda resuenan todavía los susurros de un tiempo que se fue. Murmullos que cuentan, a quien quiere escuchar, historias de las vivencias de todo un pueblo.

Si prestas atención, quizá puedas oír las oraciones de Juan José del Castillo a su querida Santa de Palermo. Si oyes bien, puede que escuches la alegría infantil de quien más tarde sería el Conde de Ofalia, nacido al abrigo de este lugar.

Si guardas silencio, es posible que el viento de traiga recuerdos que nunca tuviste, reflejos de un pasado en el que María Martín y su yerno Jerónimo Losada daban los primeros pasos de la Hermandad del Rocío. 

Si escuchas lo que el pasado tiene que decirte, quizá descubras cuánta vida ha desfilado ya por el interior de ‘El Tronío’.

Cada rincón de la hacienda es testigo de una hora pasada, de una vida que no volverá, de unas vivencias que se afanan en seguir escondidas a nuestra vista.

Cierra los ojos y disfruta del privilegio de poder escuchar cada día los susurros del tiempo.
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