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LA TINTA DE LA MEMORIA

José Rodríguez Polvillo

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El 9 de febrero de 1963 ocurría un hecho insólito en el pueblo. El tractor de Matías Camino Payán se encontraba trabajando en unas obras para rebajar el terreno en la actual calle Nuestra Señora del Rocío, por entonces casi en los límites del 'Gines habitado'. Inesperadamente, el suelo cedió, abriéndose una hondonada en la que el vehículo quedó parcialmente atrapado. Tras retirarlo, los trabajadores comprobaron que había aparecido una abertura circular que daba acceso, a unos dos metros de profundidad, a una serie de galerías subterráneas nunca vistas hasta entonces. Uno de aquellos obreros, Alberto Pérez Mora, decidió comprobar de primera mano qué era aquello en realidad...

El acontecimiento resultó tan llamativo que incluso la prensa de la época se hizo eco de la noticia. Así, el diario vespertino 'Sevilla' recogía el 22 de febrero un extenso artículo que titulaba: "
Al realizarse unas obras, aparece un pozo con tres galerías, en Gines", subrayando en el subtítulo que "El hallazgo puede tener gran importancia arqueológica".

Según relata el periódico, "
Alberto Pérez decidió bajar y cuál no sería su sorpresa al apreciar que del improvisado pozo, de su base, partían tres galerías que se perdían en las entrañas de la tierra: la primera, en dirección a la hacienda de Torregines [1]; la otra, hacia el término de Villanueva del Ariscal [2], y la tercera, iba en derechura a la referida plaza del pueblo". El orificio surgió a la altura del actual garaje del centro comercial Santa Rosalía, aunque en la parte más cercana al margen contrario, a "unos cincuenta centímetros del muro que circunda la hacienda de Torregines".

Alberto Pérez informó del hallazgo "
a los compañeros de trabajo (...) y a la vecina del pueblo doña Teresa Pérez Chaparro", que vivía en las cercanías, decidiendo a continuación "realizar una somera exploración y siguió durante largo trecho la tercera galería de las indicadas, que estaba orientada hacia la plaza del pueblo y la hacienda de Santa Rosalía".

Así fue como "
recorrió un buen trecho, comprobando que se hallaba en perfecto estado de conservación y que no tenía fin. Su altura permitía recorrerla cómodamente y sin agobios; pero el hombre, temeroso de extraviarse o porque no creyó oportuno seguir por falta de recursos precisos para la aventura, volvió atrás, presentándose a las autoridades de la localidad e informándole de lo acontecido y de cuanto vio".

Lógicamente, "
la noticia corrió como la pólvora por el lugar y alrededores y la fantasía (...) no tuvo freno ni barrera", pero "por órdenes superiores, el boquete y con él las galerías, fueron de nuevo cubiertos, rellenos con la misma arena que se extrajo al ocurrir el hundimiento del tractor".

El redactor señalaba que varias personas del pueblo interesadas en la arqueología pusieron los hechos en conocimiento de "
los departamentos provinciales correspondientes", esperándose a partir de entonces "las oportunas órdenes para que se redescubra el lugar y se salga de una vez de las dudas que atosiga la curiosidad del vecindario".

Pocos días después, el 8 de marzo, el mismo periódico publicaba un segundo artículo firmado, al igual que el primero, con el pseudónimo Borbujo. Volviendo sobre el tema, el redactor señalaba que "
Unos chicos han tratado de redescubrir el 'hoyo de Gines", haciendo hincapié en que "Los vecinos desean la inmediata intervención de las autoridades y expertos para aclarar la cuestión", ya que no hacerlo "puede ser peligroso para el tesoro arqueológico nacional".

El artículo apuntaba que el descubrimiento de los días anteriores
"fue tapado nuevamente sin dar cuenta oficial al organismo provincial competente", pero pocas horas después de la publicación del hallazgo en la prensa "varios muchachos se esforzaban en desenterrar 'aquello' por su cuenta y riesgo", siendo necesario "intervenir para evitar que los curiosos chicos siguieran la obra".

La cercanía (temporal y física) del descubrimiento del tesoro del Carambolo apenas unos años antes
[3] despertó inmediatamente las especulaciones sobre el alcance del hallazgo de Gines, todo ello reforzado por la existencia también de importantes restos arqueológicos en las vecinas Castilleja de Guzmán y Valencina. El periodista del diario 'Sevilla' se pregunta así por el origen de las galerías encontradas, señalando que "un destacado vecino de la localidad muy versado en arqueología (...) conoce referencias de determinadas personas" que incluso afirmaban haber recorrido otros túneles "en varios kilómetros de longitud".

Lo cierto es que aquellos túneles fueron tapados sin más investigación. Apenas un niño por entonces, Rogelio, hijo del citado Alberto Pérez Mora, recuerda ahora cómo su padre le contó que, más allá de las propias galerías, lo único que encontró en su interior fue una vasija rota en la que podía leerse una llamativa inscripción, "
Real Tesoro", aunque lamentablemente carecía de todo contenido.

En mayo de 2017, más de medio siglo después de aquel primer hallazgo, durante unas obras de remodelación en la zona aparecían unas nuevas galerías al inicio de la cercana calle Conde de Ofalia, junto a la Plaza de España. Al contrario que entonces, en esta ocasión se quiso no sólo documentar los túneles, sino también hacerlos accesibles para posibles estudios posteriores por parte de los especialistas.

Fue así como desde la ‘Sociedad Espeleológica Geos’ se elaboró un plano completo de las galerías, relacionándolas (a falta de una investigación más profunda) con la época almohade y con un uso orientado a la conservación y almacenaje de productos agrícolas.

Ambos hallazgos, el de 1963 y el de 2017, a buen seguro relacionados entre sí, vienen a confirmar los testimonios orales que cuentan la existencia de una amplia red de galerías subterráneas en el centro de Gines.

Probablemente nunca las conozcamos en toda su dimensión. Forman parte de un pasado casi olvidado en torno a formas de vida ya desaparecidas, un patrimonio de una importancia aún por descubrir que nos aguarda oculto bajo nuestros propios pies.


JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO
Publicado en la Revista de la Feria de Gines 2022

 

Con mi agradecimiento más especial a Rogelio Pérez Ostos
y Juan Carlos Mora Palomo por ayudarme a completar
esta historia que, 60 años después, sigue
hablándonos del Gines más desconocido.



[1] La hacienda se encontraba en el margen derecho de la calle en dirección a la Plaza de España.

[2] Esta galería iría bajando la calle Nuestra Señora del Rocío hacia la actual calle Colón.

[3] El tesoro del Carambolo fue encontrado el 30 de septiembre de 1958.

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Aunque, como es sabido, la Hermandad del Rocío de Gines se fundó de manera formal en 1928, lo cierto es que la devoción rociera en la localidad ya debía de estar bastante extendida mucho antes. Una prueba indirecta de ello podemos encontrarla rastreando los libros bautismales de la parroquia, que nos revelan devociones y tendencias de cada época a través de los nombres impuestos a los recién nacidos en cada momento.

Fue el 21 de mayo de 1782 [1] cuando Manuel Antonio de la Rosa, cura y beneficiado de la iglesia parroquial de Gines, bautizaba solemnemente en ella a un niño al que pusieron por nombre Domingo Antonio del Rocío. El pequeño había nacido el día 10 de ese mismo mes y era hijo de Diego Bernal y de María Payán de los Reyes. Tuvo como padrinos a su tío, Domingo Payán, y a María Hurtado de los Dolores, esposa de Juan Osorio, todos ellos vecinos de Gines. 

Curiosamente, aquel varón ha quedado para la historia como la primera persona de Gines en llevar el nombre de Rocío, una denominación que, sin embargo, asociamos comúnmente a las mujeres. 

Dos años más tarde, llegaría el segundo bebé bautizado con la advocación rociera de la Virgen, quien resultó ser una hermana menor del anterior. Su nombre completo fue Josefa del Rocío Toribia, quien recibió las aguas bautismales de manos del cura y beneficiado José María de Arce y Quijada el 19 de abril de 1784, tres días después de su nacimiento. 

Los padres de ambos pequeños, los ya citados Diego Bernal [2] y María Payán, podrían considerarse así como los auténticos introductores del nombre Rocío en Gines, unos pioneros que, desde luego, acabaron abriendo el camino que muchos otros continuarían después de ellos. 

A los dos citados, les seguiría un nuevo bautizo con el nombre de Rocío en 1790, tres en 1792 y cuatro más en 1793. Hasta final de siglo, todos los años se bautizaría en la iglesia parroquial de Gines al menos un bebé con la advocación rociera. En total, son 21 los registros que aparecen en los libros parroquiales de personas a las que se impuso "Rocío" por nombre en estos años. De todos ellas, apenas 8 era mujeres frente a 13 hombres. 

En los primeros años del XIX seguirán registrándose más recién nacidos con onomástica rociera. Así, queda constancia de otros 6 bebés inscritos en los libros bautismales hasta 1816, en este caso ya sí todas niñas. 

Doscientos cuarenta años han pasado desde aquel primer bautizo en Gines con el nombre de Rocío. Aquella primera semilla sigue más que presente hoy día. Tanto es así que, sumando sus dos variantes más habituales (Rocío y María del Rocío), se sitúa actualmente como el segundo nombre de mujer más frecuente en nuestro pueblo, con una tasa de 34,61 por mil [3], sólo superado por la suma de las que llevan por nombre Carmen y María del Carmen. 

El nombre de Rocío se acerca ya, por lo tanto, a los dos siglos y medio de presencia entre nosotros, un tiempo en el que generaciones de ginenses han visto en sus semejantes un reflejo cercano de la Reina de las Marismas. 

JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO
Publicado en el Anuario de la
Hermandad del Rocío de Gines 2022

[1]
A.P.G. Libros Bautismales. 

[2] Aunque vecino de Gines, su familia era natural de Arcos de la Frontera (Cádiz). 

[3]
Datos del Instituto de Estadísticas y Cartografía de Andalucía a fecha 01/01/2021.
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Juan de Dios Soto y del Pozo.
IMAGEN PROPIEDAD DE:
Hdad. del Gran Poder (Sevilla)
En 2021 se cumplen 80 años del fallecimiento de una de las personalidades más relevantes de las décadas de 1920-30 en la Hermandad del Gran Poder, D. Juan de Dios Soto y del Pozo. Con motivo de este efeméride, profundizamos a continuación en algunos detalles de su vida y de su labor en la corporación de la Madrugá.

Había nacido el pequeño Juan de Dios a las cuatro de la tarde del 8 de octubre de 1860 en el domicilio familiar de la calle Daoiz número 4
en Sevilla, a la sombra de la cercana Parroquia de San Andrés, junto a la que acabaría viviendo toda su vida.

Sus padres, Federico Soto Velasco y Cesárea del Pozo Camacho, le bautizaron con el nombre de Juan de Dios Luis Gonzaga José Pedro de la Santa Trinidad, siendo el primogénito de la familia. Después nacerían sus hermanos José Luis (1861), Ana (1863), Regla (1864) y Natividad (1868) 
[1].

El nombre debió heredarlo Juan de Dios de su abuelo materno, natural de Arnedillo (La Rioja), quien se había casado con María Josefa Camacho, de la localidad sevillana de Tocina. En cuanto a los abuelos paternos, también encontramos orígenes riojanos, ya que su abuela Manuela Velasco era originaria de Nieva de Cameros, contrayendo matrimonio con el comerciante sevillano Rafael Soto.

Como se ha apuntado más arriba, nuestro protagonista llevaba en su nombre también el recuerdo a San Luis Gonzaga, al igual que al menos dos de sus hermanos (José Luis y Natividad), lo que sin duda podría interpretarse como una devoción especialmente arraigada en la familia al santo italiano.

Federico Soto, padre de nuestro biografiado, se dedicaba al comercio, siendo socio activo del Círculo Mercantil, del que llegó a formar parte de su Junta Directiva. Sus actividades comerciales le llevaron incluso a ser premiado con un Diploma de Mérito en la Exposición Universal de Viena de 1873. Hombre afamado y respetado en la ciudad, fue concejal del Ayuntamiento de Sevilla en al menos dos ocasiones.

La de Juan de Dios Soto era, queda claro, una familia de importantes recursos económicos y amplio prestigio, no sólo en su rama más directa, sino también en las adyacentes. Baste indicar, por ejemplo, que primo suyo fue Eduardo Fedriani del Pozo, catedrático de Cirugía y miembro de la Real Academia de Medicina de Sevilla, considerado pionero en la aplicación de la medicina antiséptica y aséptica y de las intervenciones quirúrgicas con anestesia con cloroformo.

Al igual que su padre años atrás, Juan de Dios Soto perteneció en 1890 a la Junta Directiva del Círculo Mercantil (entonces llamado Círculo de la Unión), participando activamente además en diferentes obras de Caridad especialmente señaladas en la ciudad, como la Junta Central de Socorro de Sevilla, de la que el propio cardenal-arzobispo Marcelo Spínola le nombra integrante en 1905 para la recaudación y reparto de ayudas con motivo de la grave crisis agrícola que se estaba viviendo.
Le acompañaban otros prohombres de la ciudad, como el hermano mayor de la Santa Caridad, el conde de Peñaflor o el hermano mayor de la Real Maestranza de Caballería, entre otros. [2] Fue una empresa en la que Spínola puso especial empeño, llegando incluso a pedir limosna él mismo para destinarla a este fin.

Juan de Dios Soto había entrado como hermano del Gran Poder en 1880. Tenía, por lo tanto, 20 años cuando ingresó en la corporación. Su primer cargo de oficial lo ocuparía en 1910 
[3], cuando fue elegido diputado de gobierno en una Junta que presidía Hilario del Camino Martínez. Aparece entonces entre el grupo de "diputados de gobierno modernos" (léase  'recién elegidos'), renovando el cargo en 1911, ahora con Antonio Mejías y Asencio como hermano mayor.

Continuaría al año siguiente (1912), pero ahora como "
segundo diputado clavero", siendo elegido en 1914 secretario primero. En dicho puesto se mantuvo con Hilario del Camino como hermano mayor hasta 1917, cuando pasó a ser mayordomo en la Junta que presidía ahora de nuevo Antonio Mejías.

Seis años ocupó la Mayordomía de la Hermandad, ya que repetiría en el cargo en el Cabildo de Elecciones de 1920, aunque en esta segunda etapa bajo la dirección como hermano mayor de otro de los hermanos Del Camino Martínez, Basilio, con cuya familia Juan de Dios Soto debió mantener una importante afinidad, como veremos.

De este vínculo surgieron, por ejemplo, las obras de reforma realizadas en esta época en el camarín del Señor en San Lorenzo. Empeño personal de Juan de Dios Soto fue, sin embargo, el amplio plan de mejora de insignias que "
se hallaban en un estado poco decoroso y otras no correspondían a la riqueza de la mayoría de ellas". Indica Soto que se estaba haciendo por parte de las Religiosas de Santa Isabel un nuevo estandarte y un Senatus "de terciopelo morado, bordados en sedas de colores y oro fino", y que también se proyectaba que las citadas religiosas hicieran "un nuevo Simpecado pues el actual es no sólo pobre su dibujo sino que su estilo no guarda armonía con los demás".

Después de 13 años ininterrumpidos en la Junta de Gobierno y 43 como hermano, Juan de Dios Soto resulta elegido como nuevo hermano mayor en el Cabildo General de Elecciones del 8 de abril de 1923, tomando posesión del cargo al día siguiente 
[4].

En octubre de ese mismo año, Soto presentó una serie de adiciones a la ordenanza de nazarenos de la Hermandad, con el objetivo de lograr "
el mayor orden y compostura". En ellas las sandalias pasan a ser el único calzado autorizado en la cofradía, debiendo ser "de becerro negro e iguales al modelo que está en la Sacristía".

Igualmente, se establece que "
para evitar los abusos que vienen cometiéndose por algunos nazarenos dentro de la Iglesia al regreso de la procesión de abalanzarse a los pasos arrebatando bruscamente las flores que los adornan", los diputados de canastillas los rodearán para evitar que los cofrades se acerquen e impedir que se produzcan "desperfectos o roturas". Un servidor de la Hermandad recogerá las flores y las depositará en bandejas "de donde pueden tomarlas los hermanos que lo deseen". La no obediencia a estas reglas podía hacer que la Hermandad "se vea obligada a recoger el escudo (...), quedando el nazareno inhabilitado para salir en la cofradía en lo sucesivo, o dejar de pertenecer a esta Hermandad, según los casos".

En estos años, la cofradía cuenta con unos 550 nazarenos con cirios y más de 70 con insignias, bocinas y canastillas, a lo que se añaden unas 600 mujeres con velas tras el Señor 
[5]. La nómina de hermanos ascendía entonces a los 1.800 aproximadamente, de los que algo más de 400 eran mujeres.

De esta época es la donación, por parte del hermano Felipe de la Hera, de una "
rica tela de raso (...) para una túnica lisa que está haciéndose por las dichas religiosas trinitarias que estrenará esta Santa Cuaresma en el camarín Nuestro Amantísimo Titular".

Siendo todavía mayordomo, Juan de Dios Soto había emprendido una importante tarea de estudio y ordenación del archivo histórico de la Hermandad, una labor a la que dedicó tres años y que vio concluida en 1924, ya como hermano mayor. Ese amplio conocimiento del pasado de la Hermandad le llevó a realizar también un amplio resumen de siete capítulos con lo más destacado de su historia, en lo que constituye probablemente el primer trabajo de este tipo realizado sobre la corporación.

Pero si por algo quedó marcado el paso de Juan de Dios Soto por la Hermandad es, sin duda, por la adquisición de la Casa de Hermandad de la calle Hernán Cortés número 6. En 1924, la corporación llevaba ya una década detrás de la posibilidad de adquirir dicha casa, situada a las espaldas de San Lorenzo. Sin embargo, el edificio no terminaba de ponerse en venta, lo que obligó a estudiar otras alternativas. Así, se propuso adquirir a la Comunidad de Religiosas de Santa María Real unos terrenos situados en la calle Pascual de Gayangos, disponiéndose incluso de planos y presupuesto para la realización de la obra. Sin embargo, finalmente las religiosas decidieron no vender, una circunstancia que prácticamente coincidió con la puesta a la venta de la casa de la calle Hernán Cortés, a la que Juan de Dios Soto se refirió en Cabildo de Oficiales catalogándola como "
local tan deseado por la Hermandad y del que hace diez años venía ocupándose de su compra". Tras breves consultas con los consiliarios, el 29 de octubre de 1924 Soto formaliza con el propietario, Juan Fernández García del Busto, la compraventa para la Hermandad. El precio fijado fue de 46.000 pesetas y la superficie unos 400 metros cuadrados, en los que se pretendía ubicar "almacenes, sala capitular y otras dependencias de gran necesidad".

Con la compra ya realizada, los trabajos de edificación del edificio deberían esperar, sin embargo, al desalojo de la casa. Una vez que salieron de ella todos los inquilinos, un año más tarde, las obras fueron adjudicadas en noviembre de 1925 al contratista Luis de Castro en 69.656,80 pesetas, nombrándose al hermano Antonio Gómez Millán, arquitecto, para la inspección de los trabajos, que se desarrollarían a lo largo de 1926.

Ya desde finales de 1925, Juan de Dios Soto comienza a ausentarse de los Cabildos de Oficiales debido a problemas de salud, recayendo la presidencia accidental durante estos meses en el consiliario primero, Hilario del Camino. En esas mismas circunstancias acabaría el mandato en abril 1926, cuando Basilio del Camino, hermano del anterior, tomaría el relevo al frente de la Hermandad en un nuevo mandato.

Después de tres años alejado de responsabilidades oficiales en la Hermandad, en 1929 Juan de Dios Soto volvería a integrarse en una Junta de Gobierno, en este caso como primer censor, con Basilio del Camino como hermano mayor.

Con la proclamación de la II República, la situación en torno a las hermandades sevillanas se enrareció notablemente. En este contexto, en 1932 las hermandades decidieron, de manera casi unánime, no procesionar por las calles de la ciudad. Así lo decidió también el Gran Poder, que acordó no salir ese año por unanimidad de los 481 hermanos presentes en el Cabildo General Extraordinario de 14 de febrero, en el que nuestro biografiado estuvo presente.

Apenas unos días después de aquel Viernes Santo sin el Señor en la calle, e
l 3 de abril de 1932 Juan de Dios Soto resultaba elegido para su segundo mandato al frente de la Hermandad. La inseguridad seguía muy presente, de manera que, llegada la Novena, la Junta de Gobierno decidió que el Señor no se trasladase de su capilla, una decisión que el propio cardenal Ilundain consideró "prudente e incluso conveniente" en atención "a los tiempos que atravesamos", indicando el prelado que "le gustaría que la Novena fuese como de rogativa, para obtener de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder el cese de la persecución de que era objeto la Iglesia Católica". La Hermandad acordó, además, establecer una guardia pagada dentro y fuera de la capilla mientras durasen las circunstancias.

En 1933, la cofradía no salió "
por subsistir las circunstancias del año anterior". Sí se celebraron, sin embargo, otros cultos. Así, el Martes Santo tuvo lugar el Solemne Besamanos al Señor en su capilla, "cantándose a voces y orquesta Salmos del Miserere, calculándose de cinco a seis mil personas que besaron la mano del Señor".

El Jueves Santo se repartieron 750 kilos de pan entre los pobres 
[6], y a las diez de la noche tenía lugar un Solemne Ejercicio y Sermón de Pasión, que predicó el padre franciscano Lizmendi, terminándose con un solemne Vía Crucis y cantos piadosos. La Hermandad acudió, igualmente, a la vela al Santísimo en la Catedral, hasta donde acudieron 358 hermanos.

Apenas unos meses más tarde, el 14 de noviembre de 1933, el Cabildo de Oficiales tomaba conocimiento de la dimisión de Juan de Dios Soto por motivos de salud. Apenas había completado un año y medio de los tres establecidos para este segundo mandato.

Juan de Dios Soto fallecía el 4 de febrero de 1941, celebrándose su funeral al día siguiente 
[7] en la parroquia de San Andrés, junto a la que había pasado toda su vida.

Sesenta y un años en la Hermandad le llevaron a ostentar el número 13 por antigüedad en la nómina de hermanos del Gran Poder
[8]. De los muchos y muy relevantes cargos que ocupó a lo largo de su vida en la Hermandad, ninguno tan íntimo como ser, desde 1923, el primer hermano designado como Camarero Perpetuo del Señor.

JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO
Publicado en el Anuario de la
Hermandad del Gran Poder de Sevilla 2021


[1] Archivo Municipal de Sevilla (A.M.S.). Registro Civil. Nacimientos de 1860; Censo de 1875 y Padrón de 1920.

[2] El Siglo Futuro. 22 de agosto de 1905.

[3] Archivo Hermandad del Gran Poder de Sevilla (A.H.G.P.). Libro 10.  Actas Capitulares.

[4] A.H.G.P. Libro 11. Actas Capitulares.

[5] Una de ellas era habitualmente la Infanta Luisa de Orleans y Borbón, hermana de la corporación y abuela materna de S.M. Juan Carlos I.

[6] En enero, ya se habían donado 100 papeletas de pan a la Asociación Sevillana de Caridad (El Noticiero Sevillano. 6 de enero de 1933).

[7] ABC de Sevilla. 6 de febrero de 1941.

[8] A.H.G.P. Libro 59. Índice de antigüedad de hermanos. 1937.

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Los disciplinantes, por José Gutiérrez Solana (1933)
Cerca de 500 años llevan los cruceros de Gines rindiendo culto a la Santa Vera Cruz de Cristo, una devoción que, desde los orígenes, tiene su culmen cada año en la procesión de los hermanos y devotos por las calles del pueblo como demostración pública de Fe.

Aunque sin perder nunca su esencia como expresión de una devoción, en estos casi cinco siglos la Hermandad ha visto modificada de manera importante su presencia en la calle. En las siguientes líneas nos acercamos a aquella primitiva cofradía, de la que diremos, como primera y significativa diferencia con respecto a la actual, que tenía lugar en la noche del Jueves Santo.

Las Reglas de 1844, que transcriben las del siglo XVI, recogen con todo lujo de detalles cómo era aquella procesión de la Hermandad y Cofradía de la Santa Vera Cruz de Gines en esta época fundacional, cuando presentaba una disposición prácticamente calcada a la de la Vera Cruz de Sevilla de estos años.

A modo de preparación, el Domingo de Ramos se hacía un cabildo general en el que se les requería a los cofrades "si están confesados y les hagan que se pidan perdón unos a otros". De no hacerlo, debían aportar una limosna equivalente a media arroba de cera que se dedicaba a los gastos de la procesión. Independientemente de ello, todos los presentes estaban obligados a echar en una vasija grande dispuesta para la ocasión "una limosna (...) la que cada uno quisiere para ayudar a los gastos de la cofradía".

Participar en la procesión era obligatorio para todos los hermanos. Así, el mismo Jueves Santo, antes de salir la comitiva, el escribano tomaba nota de todos los cofrades presentados para participar en la salida, comprobando así "quien falta y no viene a cumplir su juramento como es obligado". Se les citaba a las cinco de la tarde y debían acudir confesados y comulgados "so pena de perjuro".

La procesión salía de noche desde la Parroquia, emprendiendo su recorrido hasta la iglesia de San Pedro, en Cazalleja de Almanzor [1], regresando después al templo de Nuestra Señora de Belén.

Una procesión de flagelantes en Países Bajos  (1350)

Abriendo la procesión figuraba "una seña negra con una cruz colorada" portada por uno de los mayordomos junto a otros seis cofrades "con sus hachas vestidos de negro". A continuación, iban dos filas de cofrades de sangre, con un cofrade de luz iluminando cada cinco disciplinantes. Este esquema se repetiría hasta el final de la cofradía, donde podía verse "un crucifijo grande en su cruz", el cual era portado siempre por una "persona eclesiástica y que vaya vestido con su camisa negra". Le acompañaban seis cofrades "con sus hachas y camisas negras" y varios clérigos. La cera empleada era "verde (...) con un escudo colorado". Cuando era posible, acompañaban la comitiva varios cantores y "una trompeta tañendo de dolor".

Además, tras el crucifijo se podían unir a la comitiva personas no pertenecientes a la Hermandad , las cuales eran puestas en orden por cuatro hermanos designados para ello y que portaban "varas y bastones verdes en las manos". Esta incorporación de no hermanos a la comitiva era habitual, con idea de "ganar los perdones de la Santa Bula", en alusión a las gracias e indulgencias otorgadas por el Papa Paulo III para todos los que participasen en las cofradías de la Vera Cruz tanto el Jueves como el Viernes Santo.

Durante toda la procesión, los cofrades de sangre se autoflagelaban, causándose heridas (especialmente en la espalda) con idea de identificarse mejor con el sufrimiento de Cristo en su Pasión. Esta práctica se venía llevando a cabo desde hacía tiempo en el seno del cristianismo, primero por parte de los religiosos de manera privada y a partir del siglo XV por parte de los laicos y de manera pública a través de las cofradías.

Vestían "camisa de anjeo [2] curado y largas hasta el suelo con capirotes romos que cubran el rostro". Cada uno de ellos debía llevar su propia disciplina, que debía ser "de manojo con sus rodezuelas", si bien la Hermandad disponía de estos aparejos para los cofrades que no los tuvieran, que debían pagar tres reales por el préstamo. Las citadas rodezuelas eran "como unos bolillos de cera, cubiertos de hilo basto, cuyas extremidades terminaban casi en punta, y en su centro, que figuraba una rueda, estaban embutidas varias piedrecitas, adelgazadas sus puntas, con las cuales se herían notablemente los que se disciplinaban" [3]. Además, estos cofrades ceñían el cordón de San Francisco y el escudo en el pecho "con las insignias de la Santa Vera Cruz y sangre de Cristo", yendo descalzos en su mayoría, salvo casos especiales.

Procesión de disciplinantes (círculo de Goya) Siglo XIX

Estaban obligados a hacer la disciplina cada Jueves Santo durante toda su vida "salvo por vejez o por otra causa legítima", y si estaban indispuestos o se encontraban fuera del pueblo el Jueves Santo, debían dar una limosna "para que sea absuelto del juramento".

El otro tipo de hermanos al que hemos aludido al describir la procesión, los cofrades de luz, no podían ser más de la cuarta parte del número total de cofrades de sangre y, al contrario que estos, no realizaban la disciplina el Jueves Santo, sino que se dedicaban a portar las velas o hachas que iluminaban la comitiva, además de ayudar a los disciplinantes y a los oficiales de la Hermandad en todo lo que fuera necesario. Para acceder a la cofradía debían pagar 12 reales y dos libras de cera, justo el doble que los cofrades de sangre.

Una vez que la procesión completaba su regreso, se entregaba a los hermanos "algunos confites y vino" para reponer fuerzas. Además, uno de los mayordomos y varios cofrades habían preparado para entonces en vasijas grandes un lavatorio "para el bien y salud de nuestros cuerpos". Con ello se ayudaba a que cicatrizasen las heridas producidas por la disciplina en los hermanos de sangre, evitando infecciones y otros problemas.

Terminaba así la procesión de la Vera Cruz por las calles de Gines, una demostración pública de Fe que, con los matices que imprime el tiempo, sigue vigente casi cinco siglos después.


JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO
Publicado en el Anuario de la
Hermandad Sacramental de Gines 2022


[1] Ya en 1688 hay constancia del mal estado de este templo, dependiente de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén. La iglesia de Cazalleja fue derribada en 1727.

[2] El anjeo era un tejido basto a modo de lienzo.

[3] BERMEJO Y CARBALLO, José: 'Glorias religiosas de Sevilla'. 1882.

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El retablo mayor de la iglesia parroquial
de Santiago de Castilleja de la Cuesta.

El retablo mayor de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta es una obra neogótica del siglo XIX cuyo conjunto fue restaurado y enriquecido en 1994 por el tallista Guzmán Bejarano [1], incorporándosele a partir de este momento también una serie de pinturas para completar el conjunto que hoy vemos.

El motivo principal de la notable transformación que sufrió el retablo en aquellos años fue la entronización de Nuestra Señora de la Soledad en la presidencia del mismo, un hecho que tuvo lugar en 1992.

En las siguientes líneas, nos disponemos a desglosar el programa iconográfico de dicho retablo, cuyas bases podemos encontrarlas en el primer Renacimiento italiano, reproduciéndose de manera prácticamente idéntica distintas obras de maestros del 'Quattrocento' que identificaremos a lo largo del presente estudio.

EL PROFETA JEREMÍAS

Comenzando por la zona superior izquierda del retablo santiaguista, identificamos en primer lugar una pintura que reproduce la realizada por el insigne Piero della Francesca entre 1452 y 1466 para la basílica de San Francisco en Arezzo, en la Toscana italiana. Se trata del Profeta Jeremías, que en el templo de Santiago vemos, al igual que en el original, sobre fondo oscuro.

La obra de Della Francesca forma parte de una serie de frescos ubicados en la capilla Bacci del citado templo italiano y denominados genéricamente 'La leyenda de la Vera Cruz'. El conjunto está considerado, de manera unánime, una de las obras maestras de toda la pintura renacentista.

La fidelidad de la pintura santiaguista con respecto al original es prácticamente total, reproduciéndose al santo tanto en idéntica posición como de manera idéntica en cuanto al colorido y disposición de sus ropajes.

MARÍA MAGDALENA

El profeta Jeremías y María Magdalena, en el 
retablo santiaguista de Castilleja.
Nos detenemos ahora en la segunda pintura de la zona superior del retablo de Santiago. Al igual que en el caso anterior, encontramos aquí que el modelo elegido es, de nuevo, un fresco del pintor renacentista Piero della Francesca. Se trata en este caso de la María Magdalena de la Catedral de San Donato, de nuevo en la ciudad de Arezzo (Italia). Coetánea del modelo anterior, está fechada en 1460.

La santa viene identificada fundamentalmente por uno de sus atributos más característicos: un tarro de cristal para ungüentos que sostiene en su mano izquierda y que, tal y como recoge el Evangelio [2], sirvieron para ungir el cuerpo de Cristo.

Mientras que el modelo italiano aparece enmarcado por un arco con decoración clasicista, en la parroquial santiaguista de Castilleja se opta por el fondo neutro. En esta línea, otras variaciones destacables entre ambas representaciones son el cambio en el tipo de calzado y la tonalidad del manto de la santa.

EL ARCÁNGEL GABRIEL

Del grupo de seis pinturas que flanquean la imagen de Nuestra Señora de la Soledad nos centramos a continuación en las dos intermedias. Se trata de dos figuras concebidas de manera prácticamente idéntica aunque en posiciones invertidas, a modo de espejo, reforzando con ello la simetría general del retablo. Curiosamente, ambas representan al mismo personaje bíblico: el Arcángel Gabriel en el momento de la Anunciación.

La primera de estas figuras simétricas, la situada en el margen izquierdo, sigue de manera prácticamente idéntica al Arcángel del Políptico de San Antonio realizado por Piero della Francesca hacia 1469 para el convento dedicado a este santo en Perugia. La obra original está ejecutada al temple sobre tabla y se conserva actualmente en la Galería Nacional de Umbría [3], en Perugia, situándose la escena de la Anunciación, de la que está tomado el arcángel, en la parte alta del políptico.

Representación duplicada del arcángel Gabriel
en el retablo mayor castillejano.

La reproducción del templo santiaguista sigue de nuevo al detalle el modelo italiano, tanto en la posición arrodillada de la figura, la disposición de las manos, la forma y el color de las vestimentas, e incluso el gesto del arcángel, con la única diferencia, al igual que en el caso de María Magdalena, de la eliminación del fondo arquitectónico que completa el ático del políptico transalpino.

En el flanco opuesto del retablo de Castilleja de la Cuesta encontramos una figura prácticamente idéntica pero con sus rasgos a la inversa y con casi la única diferencia con respecto al anterior del color del cabello y de los ropajes. No se trata, por lo tanto, de una nueva figura propiamente dicha, ni se busca aquí una nueva obra que replicar como en el caso del Arcángel Gabriel de Della Francesca. Por el contrario, lo que se pretende con esta figura especular es la total simetría y el equilibrio de las formas propio de la primera etapa del Renacimiento a la que alude todo el conjunto.

SAN PEDRO Y SAN JUAN BAUTISTA

Las dos últimas de las pinturas principales del retablo de la parroquial de Santiago, situadas en la zona inferior del mismo, guardan una estrecha relación entre sí. De hecho, ambas recrean dos de las tablas que componían el Políptico Griffoni, realizado hacia 1470-1473 por Francesco del Cossa y Ercole de Roberti para la capilla de la familia Griffoni de la Basílica de San Petronio, en Bolonia.

Estas obras representan a San Pedro (izquierda) y San Juan Bautista (derecha) respectivamente, siendo las originales pintadas al temple y oro sobre tabla por el citado Francesco del Cossa.

El retablo de Castilleja de la Cuesta
incluye estas representaciones de
San Pedro y San juan Bautista.

El políptico al que pertenecían originalmente estaba dedicado a San Vicente Ferrer (canonizado en 1455, poco antes de su realización) y fue lamentablemente despiezado en el siglo XVIII. Actualmente, las tablas correspondientes a ambos santos se conservan en la Pinacoteca de Brera (Milán) [4].

Destaca aquí especialmente la gran fidelidad de las pinturas del templo santiaguista con respecto a los modelos italianos, reproduciendo con todo detalle tanto las posturas de las figuras como los pliegues de los ropajes y el colorido de ambos santos, que apenas difieren de los originales en pequeños rasgos, como la aparición de una única llave en San Pedro (en lugar de las dos de la pintura italiana) y la no inclusión en la versión castillejana de la filacteria que acompaña al San Juan Bautista pintado por Del Cossa.

De nuevo en las reproducciones de la parroquial santiaguista de Castilleja se ha prescindido de los paisajes originales para llevar las figuras de los santos a unas estancias interiores recreadas a partir de una solería idealizada y fondos neutros.

Señalemos, por último, que ambas figuras ocupan en el retablo santiaguista idéntica posición a la que ocupaban en el Políptico Griffoni, es decir, San Pedro a la izquierda y San Juan a la derecha, flanqueando ambas la figura central, ocupada en el original por el ya citado San Vicente Ferrer y en la parroquial de Santiago por Nuestra Señora de la Soledad.

ESCENAS DE LA PASIÓN EN LA PREDELA

Las pinturas de la predela reflejan
escenas de la Pasión de Cristo.
Mención aparte merece la predela o banco inferior del retablo, cuyas pinturas son muy desconocidas incluso para los propios fieles debido a su tamaño reducido y a la dificultad de acceder a ellas por encontrarse en el propio presbiterio. En este caso, el programa iconográfico gira en torno a diferentes escenas (nueve en total) de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. De izquierda a derecha, las escenas representadas y los modelos escogidos para ello son los siguientes:

1.- Entrada en Jerusalén (Giotto).

2.- Cristo en el huerto de los Olivos (Giovanni Bellini).

3.- Beso de Judas (Giotto).

4.- Flagelación (Giotto).

5.- La última cena (Giotto).

6.- Camino del Calvario (Giotto).

7.- Crucifixión (Piero della Francesca) (Incluido en el Políptico de la Misericordia).

8.- Lamentación sobre Cristo muerto (Giotto).

9.- La resurrección de Cristo (Piero della Francesca).

Como puede observarse, de nuevo aquí los modelos elegidos son renacentistas o precursores del Renacimiento, como es el caso de Giotto.

De nuevo aquí se reproducen de manera idéntica los motivos originales, salvo en el caso de la 'Lamentación sobre Cristo muerto', de Giotto, representada en la parroquial santiaguista de Castilleja de manera invertida.

TRES AUTORES PARA UNA OBRA CORAL

Siguiendo los citados modelos italianos, las pinturas de la parroquial santiaguista de Castilleja fueron realizadas en el último tercio del siglo XX por tres autores diferentes. En primer lugar, Fernando González Camacho ejecutó las dos situadas en la zona inferior: San Pedro y San Juan Bautista. Después, Ignacio Tovar y Manuel Villadiego se repartieron las cuatro restantes, realizando Tovar las de San Jeremías y el Arcángel Gabriel de la derecha, y Villadiego la Magdalena y el arcángel ubicado a la izquierda.

Las pinturas de la predela también corrieron a cargo de Ignacio Tovar que, tal y como recuerda él mismo, fue quien eligió los temas tanto de sus propias pinturas como de las de Manuel Villadiego. En esta elección tuvo un peso fundamental su estancia en Italia apenas dos años antes, donde se había 'empapado' de los autores del 'Quattrocento'.

EL PROGRAMA ICONOGRÁFICO EN SU CONJUNTO

Dejando al margen las imágenes escultóricas que completan el retablo (Santiago Peregrino y Santo Domingo de Guzmán), cuyo análisis excede del objetivo de este artículo, podemos concluir que las obras pictóricas del retablo mayor de la parroquial de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta responden a un programa iconográfico de una importante significación.

Así, Jeremías aparecería en representación de todos los profetas, simbolizando el cumplimiento de las Sagradas Escrituras en la vida y enseñanzas de Jesucristo. Al otro lado, María Magdalena vendría a representar al conjunto de los seguidores de Jesús, más allá incluso del grupo de los Doce, simbolizando además (a través del tarro de ungüentos) la vinculación de la Hermandad Sacramental de Santiago Apóstol con el enterramiento de Jesús a través de su Titular, el Santísimo Cristo de los Remedios.

La doble representación del Arcángel Gabriel, de manera simétrica a ambos lados de Nuestra Señora de la Soledad, destaca la más estrecha ligazón de María con Cristo a través de la Encarnación, así como el título de la Virgen como Reina del Cielo ante la que se postran los coros celestiales.

Por último, las dos últimos figuras representadas, San Pedro y San Juan Bautista, vendrían a reflejar la continuidad temporal de la Fe, con San Juan Bautista como precursor de Cristo y San Pedro como continuador de su autoridad en la Tierra a través de la Iglesia.

Digamos para terminar que, salvo las ubicadas en la predela, todas las obras tomadas como referencia para la elaboración de las pinturas del retablo santiaguista fueron realizadas en un muy corto periodo de tiempo, apenas 20 años, y que sus ubicaciones originales apenas distan unos 250 kilómetros entre sí.

Todo lo expuesto nos habla bien a las claras de un retablo mayor claramente inspirado en el primer Renacimiento italiano, una obra en la que se reproduce una selecta colección de obras de autores de primerísimo nivel.

José Rodríguez Polvillo
Archivero de la Hermandad Sacramental
de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta



[1] PRIETO GORDILLO, Juan: 'La Hermandad de la Plaza de Castilleja de la Cuesta (1370-2000)'. Castilleja de la Cuesta, 1999. Pag. 27.

[2] Marcos, 16:1.

[3] Galería Nacional de Umbría: https://gallerianazionaledellumbria.it/

[4] Pinacoteca Brera: https://pinacotecabrera.org



FOTOS: Antonio Jesús Sánchez Guerra y Rafael Tovar Villadiego.
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La documentación histórica que se conserva en el Archivo Parroquial de Gines nos permite acercarnos, de manera somera pero bastante precisa, a los orígenes de la actual Hermandad del Rosario y Santa Rosalía, un proceso de fundación del que prácticamente nada se ha escrito hasta ahora.

Antes de adentrarnos en esta documentación relativa a la Hermandad, digamos que las cofradías del Rosario habían estado vinculadas casi desde sus inicios a la Orden de los Predicadores (Dominicos), que fomentó el asociacionismo laico rosariero en torno a sus conventos. Sin embargo,
  "a partir de la segunda mitad del siglo XVII comienzan a proliferar hermandades diocesanas (...) con instituto rosariano, sin vinculación alguna con la Orden de Predicadores debido fundamentalmente a la importancia del rosario en las misiones cuaresmales". [1]

A raíz de estas misiones y de las consiguientes predicaciones efectuadas en las parroquias por
  miembros de distintas órdenes religiosas, el Santo Rosario, que hasta entonces era una oración de carácter fundamentalmente personal, "pasa a convertirse en una plegaria comunitaria que se rezaba en voz alta y a coros en las iglesias y llegó a ser elemento principalísimo de las Misiones"[2], popularizándose de manera notable y derivando muy poco después en la creación de cofradías diocesanas.

En este contexto es en el que surge en 1675 la cofradía del Santísimo Rosario de Gines, nacida no por impulso directo de los dominicos, sino como resultado de una devoción rosariera cada vez más creciente, de manera especial en Sevilla y su zona de influencia.

Aunque lamentablemente no nos han llegado las Reglas fundaciones de la cofradía, sí contamos con varias referencias a ellas en las Reglas de 1725. Es ahí precisamente donde encontramos la fecha fundacional de la corporación, que damos a conocer ahora por primera vez y que fue el 2 de octubre de 1675. Así, las Reglas de 1725 aseguran textualmente recoger "
todas las condiciones y capítulos que contiene la regla hecha el año 1675 y admitida por esta Villa; aprobada y confirmada en todo y por todo por el señor D. Gregorio Bastán [3], provisor y vicario general de este Arzobispado de Sevilla en dos de octubre de 1675".

Fue, por lo tanto, ese 2 de octubre de 1675 cuando se aprueban oficialmente en Palacio las primitivas Reglas de la Cofradía del Santísimo Rosario. No parece que la fecha elegida por el Arzobispado fuese casual, ya que el 2 de octubre se celebra la festividad de los Ángeles Custodios [4]
 y, como es sabido, en las Letanías Lauretanas del Santo Rosario se nombra a la Virgen como "Reina de los Ángeles".

De aquella etapa fundacional nos han llegado algunos nombres. Así, sabemos que la primitiva corporación tuvo entre sus cargos a los "
Alcaldes Diego Payán y Cristóbal Casa, y mayordomos Francisco Payán y Luis Salvador", siendo "el primer cofrade el Doctor D. Diego Adame, cura de esta villa de Gines".

Tal fue la
'explosión' de la devoción rosariera en estos años en toda la provincia que hacia 1690 ya hay constancia de los primeros Rosarios públicos en la ciudad de Sevilla [5], los cuales continuaron realizándose después en distintos pueblos.

Siguiendo lo publicado el profesor Juan Prieto Gordillo, debemos entender que la Virgen del Rosario ya procesionaba en estos años por las calles de Gines, como demuestra el testamento de la vecina Isabel Rodríguez, que en 1704 estableció entre sus últimas voluntades que
"de lo que valiesen tres fanegas de trigo se de de limosna para ayudar a renovar las andas de nuestra Señora del Rosario". [6]

Lo cierto es que ese primer impulso de la cofradía de Gines debió reducirse notablemente en los años siguientes, quedando la corporación no extinta, pero sí, al menos, latente. Debió ocurrir algo similar en otros muchos lugares, ya que en la década de 1720-1730 se produce una nueva "
campaña misional en la provincia" que estaba "destinada a fundar nuevas cofradías o restaurar algunas de las ya establecidas, pero que habían caído en decadencia". [7]

De este cierto letargo de la cofradía queda constancia en un escrito de fray Tomás Jiménez de Cisneros, Lector de Teología del Colegio Mayor de Santo Tomás de la Orden de los Predicadores de Sevilla, quien indica que
"aunque desde el año 1708 hasta el presente de 1725 no consta haberse hecho mayordomos" en la cofradía del Santísimo Rosario de Gines, hace constar que "no se ha extinguido jamás". [8]

Es en este escenario cuando se produce, en 1725, la restauración de la cofradía, una iniciativa personal del hacendado D. Gregorio
Morillo y Somalo en su nombre y en el de toda su familia, citados del siguiente modo: "Yo, D. Gregorio Morillo y Somalo y Dña. Francisca Caballero mi mujer, Don Benito Morillo Somalo, D. Pedro Morillo Somalo, Dña. Ana Morillo Somalo, y Dña. María Morillo Somalo mis hijos: y juntamente D. Benito Caballero Morillo". Este último lo cita Morillo Somalo como "mi hermano", aunque en realidad era su cuñado, hermano de su mujer. Había sido D. Benito cura de Gines, si bien en este momento (1725) era "cura y beneficiado de la Parroquial de Nuestra Señora de la Oliva de la Villa de Salteras".

Todos los integrantes de la familia figuran, por lo tanto, como refundadores o restauradores de la corporación, indicándose que "
suscitamos, renovamos, reponemos y colocamos en nuestra Capilla de Nuestra Señora del Rosario en esta villa de Gines, la Cofradía del Santísimo Rosario para que esta reina soberana se venere perpetuamente en ella desde este año 1725". En ese año era cura de la Parroquia de Nuestra Señora de Belén D. Juan Caballero y Morillo, al que el refundador cita como "nuestro sobrino y pariente", lo que sin duda facilitaría muchos las gestiones para la recuperación de la cofradía.

La refundación o reorganización de la Hermandad puede interpretarse como una iniciativa piadosa de D. Gregorio Morillo Somalo ante una situación de enfermedad grave que padecía. Así, el 19 de agosto de 1725, ante el escribano Juan de las Cuevas, otorga a su mujer y a su cuñado un poder para testar en su nombre "
por cuanto la gravedad de mi enfermedad no me da lugar a hacer y ordenar mi testamento"[9]. En cualquier caso, no dejó pasar la oportunidad de indicar en el propio poder para testar que "señalo mi entierro en la Iglesia Parroquial de la Villa de Gines en la bóveda que tengo con mi capilla sita en dicha Iglesia".

Cabe recordar que Morillo Somalo había sido uno de los mayores donantes que hicieron posible la reconstrucción de la iglesia parroquial, que por estos años amenazaba ruina. Los trabajos comenzaron en 1708 y al año siguiente Morillo Somalo ofreció "
doscientos ducados por una vez, dándoseme en propiedad la Capilla de Nuestra Señora del Rosario que está en la nave colateral del Evangelio, con facultad de poder labrar en ella bóveda para mí y para mis herederos y sucesores". Igualmente, se comprometía a costear "un retablo nuevo decente porque no tenía ninguno y la santa Imagen de Nuestra Señora del Rosario está en un nicho en la pared". [10]

La capilla del Rosario le fue cedida finalmente el 19 de julio de 1710, finalizando las obras del templo parroquial en 1711. Morillo Somalo era en esta época Gobernador de la Villa. Años más tarde, en 1725, se convertiría también en restaurador de la cofradía del Santísimo Rosario, que había sido fundada, como hemos visto, aquel el 2 de octubre de 1675 para la historia de Gines.

Publicado por JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO en el
 Anuario de la Hermandad del Rosario de Gines 2021


[1] ROMERO MENSAQUE, Carlos José: 'El modelo de Cofradía del Rosario en la época moderna. El caso de la diócesis hispalense'. En 'Archivo Dominicano'. Número 30. 2009.

[2] ROMERO MENSAQUE, Carlos José: 'Las misiones cuaresmales del padre Tirso González y la religiosidad sevillana del Barroco'. Incluido en ' Perfil del Aire. Revista del I.E.S. Luis Cernuda'. Número 4. 1997.

[3] En esta época, Gregorio Bastán y Arostegui dio su aprobación a otras Reglas de corporaciones sevillanas, como la Hiniesta, La Caridad, El Amor o Santa Marta.

[4] La festividad de Ángeles Custodios fue establecida por el Papa Clemente X en 1670.

[5] El primer 'Rosario público' documentado fue el 17 de junio de 1690 por parte de la Hermandad de la Virgen de la Alegría de la collación de San Bartolomé.

[6] PRIETO GORDILLO, Juan: 'Anécdotas y curiosidades del Templo de Nuestra Señora de Belén de Gines en el siglo XVIII'. En 'El Rosario'. Número 10. Hdad. del Rosario y Santa Rosalía de Gines. 2009.

[7] ROMERO MENSAQUE, Carlos José: 'El modelo...'.

[8] A.P.G. Libro de hermanos de la Cofradía del Santísimo Rosario de Gines. 1725-1786.

[9] A.H.P.S. Sección de Protocolos. Signatura 21.036.

[10] A.G.A.S. Sección Justicia. Legajo 10.033. S/f.

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Sobre el dintel de la puerta del almacén de la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol de Castilleja de la Cuesta puede verse un lienzo que podemos calificar, cuando menos, de curioso. Representa un santo poco conocido llamado San Bernardino Realino y es obra de un hijo del pueblo que, además de sacerdote de la Compañía de Jesús, fue también un pintor de buenas cualidades como copista de obras maestras: Manuel Oliver Perona.

Digamos someramente que San Bernardino Realino fue un sacerdote jesuita que vivió en los siglos XVI y XVII en Italia. Se cuenta que, a lo largo de su vida, la Virgen María se le apareció en dos ocasiones: la primera en 1564 para indicarle que se uniese a la Compañía de Jesús, y la segunda siendo ya sacerdote jesuita, cuando María le alargó sus brazos para entregarle por unos instantes al Niño Jesús. Canonizado en 1947 por Pío XII, su festividad se celebra el 2 de julio.

Iconográficamente, la composición de la obra de la parroquial santiaguista de Castilleja sigue el modelo más extendido de representación del santo, que se sitúa a la izquierda del cuadro con hábito jesuita y los brazos abiertos en actitud de acoger al Niño Jesús, como relata el milagro al que nos hemos referido. El Divino Infante ocupa la zona derecha de la obra y aparece sobre un montecillo de nubes. Al igual que en el modelo, la escena se desarrolla en el interior de una estancia, de la que podemos observar una de las esquinas al fondo de la pintura. La obra aparece firmada como "M. Oliver 1948", situando la realización de este lienzo justo un año después de la canonización del santo representado. 

Manuel Oliver Perona
Manuel Oliver Perona había nacido en Castilleja de la Cuesta el 9 de julio de 1903 [1] en la casa familiar de la calle General Venenc número 9 (actual calle Convento). Hijo de Manuel Oliver Caro y de Carmen Perona Estrada, fue bautizado 10 días después en la parroquial de Santiago Apóstol por el párroco Ramón Gálvez Díaz, recibiendo el nombre de Manuel de Jesús.

Entró en la Compañía de Jesús el día de su 20 cumpleaños 
[2] en el noviciado de Granada. Cursó humanidades en Aranjuez (1924-25) y en el colegio San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María (1925-26). Hizo después su magisterio (1927-1929) en el Colegio San Gabriel de Quito (Ecuador). Le siguieron dos años de filosofía en Granada (1930-31). La expulsión de España de la Compañía de Jesús mediante la Constitución Republicana de 1931 y la incautación de sus bienes por parte del Estado obligó a sus miembros (entre ellos nuestro vecino Manuel) a exiliarse en el extranjero, completando el tercer año de filosofía en el destierro de Marneffe, Bélgica (1931-32) [3]. Los cuatro años de teología los tuvo que cursar también fuera de España, concretamente en Innsbruck (Austria).

Ya de regreso, terminó su formación (1936-37) en La Guardia (Pontevedra). Más tarde enseñó alemán en el Colegio San Estanislao (1937-44) de Málaga, y hasta llegó a traducir en 1943 la novela 'Vacaciones', del teólogo y escritor austriaco Francisco X. Weiser 
[4]. Fue, además, profesor de griego en el Colegio de Villasís de Sevilla (1945-47) y en la Facultad Teológica de Granada.

Tras su ordenación sacerdotal, el periódico La Unión nos ofrece una amplia crónica de su primera misa cantada, que tuvo lugar en la parroquial de Santiago de Castilleja de la Cuesta en agosto de 1935 y que resultó multitudinaria, al igual que el recibimiento del nuevo sacerdote en las calles de su pueblo natal. El mismo diario destaca de Manuel Oliver su "afable trato y una cultura extraordinaria", haciendo hincapié en que "domina a la perfección varios idiomas" y en que "es un excelente artista pintor y un orador feliz y exquisito".

Otras obras suyas
Además de la que podemos admirar en la parroquial santiaguista de Castilleja, Manuel Oliver cuenta con dos obras en Bollullos par del Condado (Huelva). La primera es una Sagrada Cena que está situada en el muro izquierdo del presbiterio de la Parroquia de Santiago Apóstol, declarada Bien de Interés Cultural [5] junto a todos sus bienes muebles. Mide 200 x 310 cm. [6] y está fechada en 1949, tratándose de una copia (más grande que el original) de la obra homónima de Philippe de Champaigne en 1652 [7] y que puede verse en el Museo del Louvre. La temática escogida estaría en relación con su ubicación en el templo, reflejando en el propio presbiterio el momento de la instauración de la Eucaristía.

Sagrada Cena en la Parroquia de Santiago de Bollullos par del Condado, obra de Manuel Oliver.

La segunda obra se conserva en la Ermita de Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona de la localidad, y recoge el momento de la Coronación Canónica de la Virgen, que tuvo lugar el 2 de julio de 1948 [8]. Se trató, sin duda, de un acontecimiento de primer nivel no sólo para Bollullos, sino para todo su entorno, ya que se convirtió en la segunda Imagen mariana coronada canónicamente en toda la provincia de Huelva tras la Virgen del Rocío.

En recuerdo de aquel día, ese mismo año Manuel Oliver pintó este lienzo conmemorativo, en el que se recoge
  la escena de la Coronación por parte del Obispo de Córdoba, Fray Albino González Menéndez-Reigada, ante una enorme multitud.

Coronación Canónica de Nuestra Señora de las Mercedes, en la Ermita de la Patrona
de Bollullos par del Condado, obra de Manuel Oliver.

La creación de estas dos obras para Bollullos par del Condado por parte del padre Manuel Oliver parece estar en estrecha relación con las figuras de los también sacerdotes jesuitas Mariano y Pedro María Ayala. Ambos fueron los grandes impulsores de la Coronación de la Patrona a través de innumerables gestiones en el Vaticano y, casi con toda seguridad, serían ellos mismos quienes encargasen el cuadro al padre Oliver, integrante de la Compañía de Jesús como ellos.

Ese vínculo con Bollullos par del Condado creado en 1948 continuaría al año siguiente con la otra obra citada, la Sagrada Cena de la Parroquia, que venía a enriquecer el patrimonio de un templo que había sufrido un incendio intencionado en 1936, perdiéndolo prácticamente todo.

Continuando con otras obras del padre Oliver, hemos podido localizar hasta tres pinturas suyas en el
colegio San Estanislao de Málaga, donde ya hemos visto que fue profesor. Se trata de 'Los niños de la concha'; 'El Buen Pastor'; y un 'San Juan Bautista Niño', todas ellas copias muy apreciables de las obras homónimas de Murillo y elaboradas hacia 1942, según información aportada por el propio centro.

San Juan Bautista Niño, en el colegio de San Estanislao de Málaga, obra de Manuel Oliver.

Los niños de la concha, en el colegio de San Estanislao de Málaga, obra de Manuel Oliver.

El Buen Pastor, en el colegio de San Estanislao de Málaga, obra de Manuel Oliver.

De esta etapa en el colegio San Estanislao cabe destacar, igualmente, que el padre Oliver fue el primer maestro de dibujo del pintor Félix Revello de Toro 
[9], entonces alumno del centro y que hoy cuenta con un museo propio en la ciudad malagueña.

También en Málaga, pero en este caso en la Iglesia del Sagrado Corazón de dicha ciudad, se encuentra un copia realizada por Manuel Oliver del San Francisco de Borja de Alonso Cano (1624) que puede verse en el Museo de Bellas Artes de Sevilla 
[10]. El lienzo se sitúa en el presbiterio, al lado izquierdo del altar mayor.

A falta de un estudio más detallado al respecto, apuntamos aquí la existencia de obras suyas también en la basílica
de San Juan de Ávila, en Montilla (Córdoba), así como en la antigua residencia de los jesuitas en Sevilla (situada en la calle Jesús del Gran Poder y actualmente cerrada).

Ya al final de su vida decidió abandonar la Compañía de Jesús, aunque en las fuentes consultadas existe discrepancia sobre la fecha exacta en la que lo hizo. Falleció en Málaga el 30 de julio de 1953 y el 7 de agosto de ese mismo año se celebró un funeral por su alma en la parroquial de Santiago en Castilleja.

Gracias a información facilitada por doña María José Polvillo, sobrina nieta de Manuel Oliver Perona, sabemos que el retrato de San Bernardino Realino estuvo durante muchos años en la cabecera de la cama de su abuela, doña Antonia Oliver Perona, hermana de nuestro biografiado. Al fallecimiento de ésta, dos de sus hijas, Carmen y Encarna Polvillo Oliver, donaron el cuadro a la Hermandad en torno a 1983-1984, fecha desde la que luce en la parroquial de Santiago de Castilleja de la Cuesta.

Publicado por JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO en la web de la
Hermandad de Santiago de Castilleja de la Cuesta 
el 14 de julio de 2021.


[1] Archivo Parroquial de Castilleja de la Cuesta.

[2] Catálogo de la Provincia Bética de la Compañía de Jesús. Sevilla. 1925.

[3] SOTO ARTUÑEDO, Wenceslao: 'El colegio jesuita de San Estanislao en Málaga (1882-2007)'. Fundación Loyola. 2017.

[4] ibídem.

[5] BOJA número 162 de 17 de agosto de 2007.

[6] CARRASCO TERRIZA, Manuel Jesús: 'Ave verum Corpus: Cristo eucaristía en el arte onubense: exposición conmemorativa del cincuecentenario de la creación de la Diócesis de Huelva: 7 de octubre a 7 de diciembre de 2004, Museo Provincial Huelva'. Obra Social y Cultural CajaSur. 2004.

[7] GONZÁLEZ GÓMEZ, Juan Miguel: 'Catálogo monumental de la provincia de Huelva. Tomo I'. Universidad de Huelva. 1999.

[8] DIÁNEZ ASUERO, Francisco Javier y PÉREZ DÍAZ, Juan Ignacio: 'Nuestra Señora de las Mercedes. Historia de su Hermandad. Principales acontecimientos a través de su existencia, hechos y milagros'. Huelva. 2000.

[9] La Opinión de Málaga: 'Revello de Toro: una biografía inacabada', por María Jesús Pérez Ortiz. 11 de julio de 2011.

[10]  GARCÍA GUTIÉRREZ, Fernando: 'Iconografía de San Francisco de Borja en España'. En 'Temas de estética y arte número 24'. 2010.

FOTOS: Manuel Pablo Rodríguez Rodríguez, Juan Ignacio Pérez Díaz y Alberto Rodríguez Mora.

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Lo sabes muy bien. Las palabras guardan un secreto. Mientras nos hablan de cualquier otra cosa, lo ocultan, pudorosas, sin querer darse la importancia que merece quien sabe construir un mundo para que lo vivan los demás. Nadie lo conoce mejor que tú, que inventaste una vida repleta de libros para que nunca olvidemos que esas mismas palabras tienen el poder de pintar el aire con los colores de los recuerdos.

Por eso, precisamente por eso, nos propusimos no dejar de nombrarte; porque decirte es tanto como hablar de ti con nosotros mismos, con todo lo que nos dejaste mientras te sumabas a aquello que nos falta. Fue así como tu Biblioteca se hizo más tuya que nunca, y no sólo porque hasta las paredes hablen de ti, sino porque, para los que habitamos la melancolía, nada está más presente que la ausencia.

En Gines, la Cultura tiene domicilio, y a esa casa la nombramos como a ti. Puesto que tú regaste este árbol, tuya debe ser su sombra...

Si el nombre invoca lo que somos para los demás, para la mayoría de los nuestros el tuyo corre parejo a una sonrisa regalada como bienvenida a un paraíso de anaqueles con olor a papel; una guía de terciopelo capaz de leerte por dentro antes de indicarte el camino a lo que estabas buscando incluso sin saberlo.

Para los que te vivimos de cerca, para los que nos empapamos de ti, tu nombre sigue calando por dentro. Y lo hace con la misma calidez de esos sonoros besos y esos abrazos tan largos que habías convertido en seña de identidad. Hoy, se hacen más patentes todavía aquellas paradojas que entonces asumíamos con cierta normalidad, como que esa aparente fragilidad fuera el mejor asidero para los demás en tiempos de zozobra; que quien pasó tanto tiempo mirando al abismo fuese capaz de enseñarnos como nadie a disfrutar de la vida; o que los pasos titubeantes sean, al final, los que dejen mayor huella...

Tú, que tanto me has sufrido, atesorabas sin darte cuenta esa sencillez natural que los demás sólo podemos impostar, esa que únicamente está al alcance de las personas verdaderamente brillantes, las que hacen que el resto nos sintamos mejores de lo que realmente somos.

Un libro es siempre una promesa de felicidad. Bajo tu nombre nos esperan miles de ellos. Aguardan a que alguien encuentre en sus páginas un recuerdo aún no vivido, una historia sentida con los ojos de otro. Quizá, una como la tuya, como la que aquí apenas se esboza para que, como dijo el poeta, el tiempo no se ponga amarillo. Ojalá haya sido capaz de contarte. Ojalá, cada vez que crucemos esa puerta, sepamos recordar todo lo que evoca tu nombre...


Publicado por JOSÉ RODRÍGUEZ POLVILLO
en la Revista de Feria de Gines 2021

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